lunes 16 de enero de 2012

Flor de atardecer

Cruza la noche una tinta sorda
como el aturdimiento
de estos versos repetidos.

Tiene la pena esta sinuosidad
desmentida en el resoplo
que se llevó todos los verbos.

No es la inspiración
el asombro de la calle herida
que detuvo la inocencia.

No sabrán volver
las palabras ajenas a mi cuerpo.
Y es que por encima
de este cielo
demasiado frágil se cayó
el impacto de la flor.

Ahora hay una pausa
que espera algún dictado
como este sencillo milagro de saber
que soy un infeliz.

sábado 31 de diciembre de 2011

Revolución

Cuando aquel charango vomitó en las puertas del cielo, todos los vagones del subterráneo empezaron a latir.

miércoles 7 de diciembre de 2011

La niña de los árboles

Había una vez un anciano a quien lastimaban los gritos de los niños. No es esto una mera figura poética. Cada vez que un chico gritaba o mejor dicho, susurraba contra las paredes, al viejo hombre se le llagaban los oídos. La sangre brotaba poco a poco, casi imperceptible y la costra que después quedaba iba transfigurándose en un color entre amarillo y violáceo.
Cuentan por ahí que visitó infinidad de médicos pero ninguno supo dar con la cura. Así sobrevivió durante ocho largos años. Todos pensaban que tenía una calma sobrehumana y que la paciencia denotaba virtud y ejemplo. Sin embargo, un día, en el mismo banco de la misma plaza a la que iba ya casi por inercia todos los días de la semana, una niña se le acercó y sin mediar saludo alguno le dijo sin remilgos.
-Yo recuerdo el futuro.
Inmediatamente el viejo se tapó las orejas y en un gesto de espanto levantó los brazos hacia el cielo. La niña fingió indiferencia y siguió con la magia de un lenguaje remoto y secreto.
-En esta plaza no llueve nunca. Siempre que ando cerca y sin paraguas, me refugio por acá. Casi nunca uso paraguas. No me gustan. Me entristecen. De verdad que en este lugar no te moja ni la peor tormenta. Si se larga y ya estás por acá, ni te enterás que llueve. La gente no sabe que es una plaza anti-lluvias. Yo sí porque pasa hace mucho tiempo y ahora te lo cuento a vos. No sé muy bien por qué. Tenés cara de bueno aunque te pellizcaría los brazos.
El viejo la miró aterrado y un principio de lágrimas le brotó en la cara. La niña continuó, impasible.
-Se largó a llover mirá. Ja ja como corren aquellos. Le erraron de calle. Si supieran que en esta plaza no llueve. Tu nombre no me gusta.
Ahora el anciano temblaba y supo que la oscuridad es tan densa como sutil. Había en el aire un rumor de calesitas que reían junto a la hostilidad del viento húmedo. Quiso llevarse las manos a los tobillos como para corroborar la materialidad de estar ahí. Muy lentamente una música de árboles se expandió por la fresca brisa de la tormenta pasajera. Quizás los oídos del hombre tomaron otro tinte. Un color verdoso fue mezclándose en las comisuras de las aparentemente maltratadas orejas. Pero no todo era ternura en aquel sitio porque la niña siguió sin compasión.
-No me gusta porque es tan vejestorio como tu cara. Cambiatelo. Total, por un ratito, dale. Así nos divertimos.
-Mi mi mi nombre es importante- revivió el maltratado.
-Sí sí y yo soy la reina de Sumatra. Salió el sol ahora. Espero que no salga un arco-iris. Son patéticos. Parecen esos libros para colorear que les regalan a los chicos. Más aburridos que charlar con vos. Con eso te digo todo.
-¿Qui qui quién sos?- alcanzó a rebatir el torturado.
-En Buenos Aires no hay sapos ¿viste? Ayer estuve con tu hermana. Igual que vos de insoportable.
Ya era demasiado para el pobre viejo. Se incorporó como pudo y gritó que eso no, que con la querida hermana no. Ahora algunos transeúntes lo miraron algo asombrados. A pesar de la frecuencia de ver a un viejo gritar solo en cualquier calle, le dirigieron algún nimio gesto de sorpresa. La música proveniente de los árboles se hizo más clara y vibrátil. Al anciano no le brotaron flores de las orejas pero ya no había costra ni colores extraños. Sintió una lejana suavidad que volvía desde el futuro hasta las extremidades de los brazos que ya no pesaban como hasta entonces. Caminó lentamente de vuelta hasta la soledad de la habitación. Rejuvenecido, sonriente, liviano, cantando al unísono la melodía ancestral de los árboles de aquella plaza.

jueves 20 de octubre de 2011

Sombras de la siesta

Pesa el día
como un cántaro de silencio vano.
Así es este residuo
de eternidad sin esperanzas.

Pueril es el dibujo
de encontrar en demasía
la piel desintegrada
que un mismo verso
rebota sin perder
en el polvo de un columpio.

No existe ya
espejo ni mirada
donde el sol
retumba como un pájaro.

En el eco de mis sueños
la oscuridad es un desvío,
y tan longevo fue abrazarte
que me duele todo el aire.

martes 7 de junio de 2011

Esteros

En el más oscuro de los valles, hay una solemne cucaracha de levita y sombrero de copa. En la lúgubre expresión de un semblante ya sin gestos risueños ni mínimas explosiones de cólera, alcanza a balbucir acaso de rodillas:
-Muero porque no muero.
Lejano y por debajo, está el sol, radiante como un desquite, seguramente ahuyentado hacia la ausencia. Y es entonces que desde la más frondosa negrura, surge ese terrible y descomunal pisotón en la cocina.
La niña verterá la inconsolable lástima y será todo asombro ante la vertiginosa furia de la madre.
-Son sucias- dirá después como epitafio general y queriendo contener un principio de puchero pueril.
Una vez pasada la conmoción, la niña deduce que un pisotón es más poderoso que la bomba atómica.
Leve es ahora la inquietud de la frágil agonía. Inherente a la oscuridad es todo lo solemne, por eso el sol sabe alejarse. Brilla por su ausencia la luna en todo valle que ya es páramo. Ayer supo la cucaracha las vibraciones del suelo y todo lo que cruje en las alas transparentes de otros vuelos. Sin embargo hay una idéntica y misma desesperación en sus últimas palabras y en el vertiginoso movimiento de las patas, que precede al abrupto colapso del aplastamiento. Una pequeña y viscosa mancha blanca va buscando la expansión y los intersticios acaso más recónditos del suelo en la cocina.

Turbulencias

La cosa es fácil. Buscar en determinada pantalla cierto número.Tomar nota. Salir con paso resuelto hasta la calle que seguramente conducirá hasta la búsqueda y corroboración de otra cuenta y otro impulso.
Todos los días contienen un vago encanto. Las mañanas pueden pasar como aviones perdidos en la bruma de cielos opacos o bien ser raudas como flores ingenuas que se abren irremisiblemente al mundo. Y es que hay tardes en que hasta los relojes pierden la monotonía, porque la hermosura juega osada por la vida. Sin embargo es sigilosa, así repleta de contornos, acaso sabedora de la sutileza penetrante en el agudo perfil de los espejos. Si la noche llega y parece que decaen todas las puertas por las maravillosas pupilas de las estrellas. No hay en la ciudad ni cansancio ni lágrimas y en todas las ventanas brillan luces que sonríen con holgura a este frágil misterio de estar vivos y radiantes.

El hombre se levanta entusiasmado y va hasta el subte sintiéndose contento y liviano. Tanto como si la oficina no fuera un lugar con mesas cuadradas y sillas rectangulares. Ella está ahí con toda la humanidad de la hermosura que la describe y la define. Podría ser una playa brillando en el confín de un mar calmo y sereno.
Extrañamente así, como de vacaciones con fuegos y guitarras y noches inmensas que absorben como pájaros beatos todo el rutinario mal de esa forma de tristeza que desgrana los sueños hasta vencerlos.
La mujer habla poco pero para el hombre cada palabra que le dirige, no es un gesto nimio sino todo lo contrario; es un mundo de proyectos felices y deslumbrantes construcciones. El oye los labios más que los sonidos y mirarla le resulta una odisea porque todo lo que ve en ese cuerpo, desmorona en un instante la desdicha de los días. Ella le dice enormes monosílabos y es la viva imagen de la sensualidad moviéndose por ese reducido espacio. Son escasos los minutos que pasan juntos y él supone que detrás de tantas puertas formales, está el ancho, largo y venturoso futuro.
Llega la noche y el llamado se vuelve inevitable. El está ansioso y el poco tiempo que media entre los números que va oprimiendo y el regular sonido, le resulta excesivo y palpitante. Sabe, espera y quiere que también la voz de la mujer forme parte de tanta belleza.

El duda un poco antes de llamarla pero el impulso es irresistible. Siente que el sueño es el sueño y que nada está fuera de lugar ni dislocado y que no hay exageración alguna ni mucho menos motivos para arrepentirse. Por eso se decide y marca el anhelado número que tanto buscó. Si la entonación de la hermosa mujer fuera artificial, el corazón de él no estaría latiendo con tanta velocidad. Y escucha por fin, con embeleso, porque la cosa es fácil, cuando ella descuelga y acariciadoramente le dice:
- Cien la media hora, mi vida. Te espero.

viernes 8 de abril de 2011

Híbridos

Caminos de la permanencia
bajo la indeterminación
como vías incrustadas
en el andén
de una inmensa contractura.

Igual pasan los barcos
donde el aire gira suave
hasta el hundimiento
del agua espejándose
bajo el peso de los pies
subiendo hacia mis ojos.

Se lleva todo el viento
la luz de un helicóptero en la piel.